El despertador sonó. Tacones, botas, bocinas de auto y el ritmo citadino me dan la bienvenida a un nuevo día. Quito de mi cuerpo ediciones pasadas de periódicos que aminoran el frío del crudo invierno que azota a la ciudad de México, no sé si sea alguna metáfora informativa, son notas amarillas que asemejan al sol y me regalan un poco de calor. Estiro los brazos y pego un gran bostezo cual niño que ha dormido profundamente, algunos cuerpos ensimismados que apresurados corren al trabajo, me golpean, me ven desde su posición, no sé si con desprecio, qué más da, les regalo una sonrisa apenas notoria bajo esta barba nutrida y grisácea. Recojo mis contadas pertenencias, algunos trastes de plástico que compré hace algunos años en Ánfora de Ayuntamiento número 50, pedazos de la cena que obtuve con los pesos que gané por cuidar un auto, una gran bolsa de tienda departamental con algunas camisas viejas y ediciones pasadas de revistas y Ficciones, libro de Borges que contiene el cuento que leo todas las noches antes de dormir, La biblioteca de Babel. Recuerdo que fue la única pertenencia que tomé de mi biblioteca aquella mañana en la que decidí dejar la vida normal como le llama la gente normal. Pero esa es otra historia, de ella no pienso hablar.Y bien, comienza un nuevo día, abandono mi hogar de la calle de Belisario Domínguez aunque poseo varias propiedades en el Centro Histórico; Uruguay, Medero y Cuba los viernes, donde platico con los travestis del show de La perla, en su descanso comemos tamales y cotorreamos un rato.
Camino algunas cuadras aún amodorrado mientras trato de acomodar mi cabello ya sin forma, el glamur no se debe perder. Llego a Donceles donde hay una manifestación a las afueras de la Asamblea Legislativa, son comuneros de Tláhuac que en pleno siglo XXI piden la regularización de tierras, creo que están en el lugar equivocado, deberían trasladarse a Suiza y buscar a Salinas y cuestionar el supuesto fin del reparto, en fin. Me mezclo en la manifestación y como premio por el apoyo al movimiento, la gente recibe paquetes que incluyen una torta y refresco, grito algunas consignas como ¡Tierra y libertad!, ¡Zapata vive, la lucha sigue y sigue!, me gano el desayuno. Subo por la misma calle hasta llegar a la zona de las tiendas de libros viejos. Doña Margarita la dueña de un local como cada mes me regala uno, El mal de Montano. Reviso las primeras páginas, es un ensayo que a manera de novela describe un mal, el mal de literatura, bastante interesante, me acompañará en mis próximas noches, le doy las gracias y sigo mi andar. Saludo a viejos conocidos dueños de tiendas fotográficas que han cambiado sus aparadores que abandonan a la analogía para mudarse a la era digital. Doy las últimas mordidas a mi torta de jamón de puerco, hay que guardar un poco para cuando la tripa comience a apretar. Doy vuelta a la derecha en República de Brasil y llego hasta el Zócalo, ahí me he encontrado a Don José, tiene veinte años tocando un raro instrumento que es mitad guitarra y mitad armónica a las afueras del Monte de Piedad, algunas canciones de Serrat y música mexicana con arreglos clásicos de Manuel M. Ponce. La pregunta es la misma, quizá para no perder la esperanza, ¿cómo va todo? pregunté, igual que siempre respondió Don Pepe, -ya sabe Joan, las cosas no cambian, el optimismo cada vez es menos, antes la gente al salir con un dinerito y sentirse motivada, me daba alguna moneda, ahora todo ha muerto. Hace poco hablé con Bernardo el trompetista, no tiene banda y en la calle sólo subsiste. Jacinto, el que vino de Oaxaca tocando el acordeón mejor estira la mano, dice ganar más que tocando, en fin, esto de la música, ha muerto- Después de escucharlo no sé qué decir, no sé si mediocre mi comentario pero le he dicho que cuando llegue el final de los días, seremos personas plenas por haber hecho siempre lo que nos llena el alma. He mirado en su rostro ligera aceptación a mi comentario y sonríe, -así es mi Joan, usted siempre tan optimista, aquí seguiremos dándole a la guitarra- Me despido, sigo mi andar con mi hogar en los hombros, se abre ante mí el medio día en la plancha de la Constitución. Los danzantes se preparan para la primera presentación del día, el aroma a incienso cubre la entrada a la Catedral. Alfonso vende periódico, día a día me guarda la publicación del día anterior con dos objetivos: uno, informarme de lo que sucede en nuestro país, qué importa si es un día después, mi vida no está determinada por la oportunidad informativa; y dos, serán mis cobijas cuando caiga la noche. Súbitamente la cotidianidad casi cíclica se ve interrumpida por el sonido de sirenas, se abren paso en el transito pesado de 20 de Noviembre, echo un vistazo a mi agenda y concluyo que tengo algunos minutos para saber qué sucede, cruzo la plancha y llego al lugar de los hechos, un trabajador del Departamento de Obras del Distrito Federal ha caído de diez metros de altura, colocaba la ornamenta para los festejos del Bicentenario. Un gran círculo de curiosos se ha formado a su alrededor, nadie hace nada pero todos ven, no se mueve. Los paramédicos se abren paso entre los curiosos, yo soy uno de ellos. Pronto soy aventado a la quinta fila y mi estatura me impide ver si está con vida, sólo escucho sirenas y la petición de repliegue. Al no poder ver lo que acontece será mejor partir. Doy media vuelta, como un golpe de calor que estremece, me hallo frente a sus ojos color azul, su ligero vestido de tul y cuello largo que acentúa su personalidad. No sé si sea francesa o española. Su mirada perdida al horizonte, el tono claro de su piel y la mano sobre su cintura en señal de elegancia me han atrapado, belleza metafísica que asemeja el simulacro de la perfección. Me pierdo un su figura que irradia luz y en los destellos de sus zapatos de falso charol. Imagino caminar tomados de la mano en la inmaterialidad de la razón que no juzga, puedo sentir lo suave de su piel, me invade la levedad, nos abrazamos y sus labios están a centímetros de los míos, antes de tocarlos el llanto llega a mis ojos entre abiertos. Un empujón me hace despertar, -muévase ¿que no ve que hay un herido?-, exclama un supuesto ciudadano responsable. No hago mucho caso y sigo en la contemplación. Una rabia invade mi ser, la mujer de belleza metafísica está presa tras un cristal, desesperadamente analizo la forma de sacarla, busco alguna cerradura o hueco en el cristal, intentar entrar por ella no sería la mejor opción, será mejor partir y pensar el rescate.
Llega la noche y con ella mi plática con Paquita, un travesti que canta a la lucha fémina en La Perla, le he contado del encuentro con la mujer de interminables metáforas, no sé si es por la carga de trabajo pero no me ha escuchado, sólo me ha dicho,- estás loco, debo partir al show-. Camino entre la noche y el ruido de algunos bares y cantinas. Llego a mi casa de Belisario Domínguez, es la más silenciosa, es una noche de estrategia y necesito silencio. Viene a mi mente escribirle una carta y pedirle se venga a vivir conmigo, no es opción ya que no me dejarían entrar al gran palacio. La noche me ha dado una gran idea, utilizar a la misma noche para perpetrar el rescate. Llegaré en punto de las doce, pediré a Marcelo, el de los vidrios, que me preste su cortador, irrumpiré en el aparador, haré un orificio con la forma de su silueta y la traeré conmigo.Ha llegado el día, paciente realizo mis actividades cotidianas, paseo por Donceles, Zócalo y cuidar alguno que otro auto. La noche reina, he dejado plantados con sus tamales a mis amigos de La perla, Marcelo me ha prestado su cortador, lo meto en mi bolsillo. Camino hasta Madero y cruzo hasta 20 de noviembre. La luz de su jaula es lo único que alumbra la calle vacía. Volteo a ambos lados para cerciorarme que no venga nadie. Saco el cortador y dibujo su silueta en el cristal, está a punto de caer, en él se reflejan luces azul y rojo, es una patrulla que hace su ronda, me doy la vuelta y pasa frente a mí, me ven con naturalidad, sólo alzo la mano, sonrío y hago como que no pasa nada. Nuevamente me volteo y quito el cristal con mucho cuidado. Por fin está en mis brazos, la tomo y disfruto el momento sólo algunos segundos, es preciso huir cuanto antes. Corro con ella entre mis brazos por Independencia hasta Bolivar. Algunos amigos que me ven pasar me gritan ¡ey!, ¿a dónde vas con tanta prisa? No me detengo hasta el refugio, tengo lista la sección de moda del Reforma y la cubro con ella. Aun sigo agitado, han pasado algunos minutos y no se mueve, quizá por la emoción ha quedado fatigada y ha dormido. Será mejor dejarla descansar.
La mañana llega, no he podido dormir. A mi lado, sobre la banqueta yace su cuerpo inerte. Hoy recuerdo aquel dicho popular que dice que es mejor hacerse el loco. Creo que durante estos veinte años de calle me ha resultado. Es momento de que el mundo sepa lo contrario, he encontrado en un maniquí la mejor metáfora social. En estos tiempos de vorágine, la sociedad vive sus días en una parálisis que lo hacen sólo un espectador desde el mostrador de lo cotidiano, le gente vive individualizada tratando de descifrar sus propios paradigmas olvidándose de la propia humanidad. Apresurado busco donde ocultar el maniquí en un lote baldío mientras preparo el gran golpe intelectual.
Apresurado corro a buscar a Don Pepe el mismo que toca en el Monte de Piedad, le he pedido organice una banda improvisada con el fin de decirle al país y al mundo un poco de lo que la gente olvida. Quizá como un acto de desesperación no enjuicia mi petición y acepta. Entre su repertorio se encuentra el Guapango de Moncayo, aquel que siempre me ha gustado para himno nacional. No es tarea dura, entre sus colegas tiene algunos egresados del Conservatorio, será cuestión de horas para montar la obra. Recuerdo que don Berna el trompetista es uno de ellos, hoy habrá un concierto de la Orquesta Filarmónica de México en la Cámara de Diputados como parte de los festejos del Bicentenario. Bernardo es amigo de Justino Hernández, chelo principal de la orquesta y líder del movimiento estudiantil del sesenta y ocho, seguramente nos podrá ayudar para introducir a nuestra metáfora mexicana. Me dirijo a 16 de septiembre donde toca Berna, le explico el plan y acepta. Pronto el plan está listo, la cita es en punto de las tres.
La hora llega, en mi camino a la Cámara, he logrado ver en los periódicos titulares como: “Roban maniquí”, “Roba-maniquí, es un artista”, “Se roban a un maniquí y su silueta”. A estas alturas todo está listo para que el país entero tenga los ojos puestos en un maniquí. Todos llegan puntuales a la cita. Bernardo ha llegado con Justino, somos presentados y expresa su apoyo a la idea, -no encontré mejor escaparate para expresarme en contra de este pesimismo ante el arte, lo apoyo-. Estrechamos nuestras manos e ideamos el plan. El gran cajón del chelo de Justino será como el caballo de Troya, dentro irá la metáfora, el maniquí, los demás seremos ayudantes de la orquesta. El plan transcurre a la perfección, entramos uno a uno por una puerta trasera, cajas negras con instrumentos van y vienen, Justino no se despega del suyo. Llegamos al patio central del recinto legislativo, tras una hora de pruebas de audio el evento está por comenzar. La bienvenida estará a cargo del Presidente de la mesa directica de la Cámara de Diputados, Jorge Carlos Ramírez Marín. -Sean todos bienvenidos a este evento que forma parte de los festejos del Bicentenario de nuestra Independencia. México hoy está de fiesta, celebramos la libertad y recordamos a los héroes que nos dieron patria- Es el momento, doy el pitazo con una mirada, Justino saca el maniquí y me lo da, subo al templete e irrumpo. El cuerpo de seguridad se abalanza sobre mí, en un acto más de politiquería que por otra cosa, los miembros de otras bancadas rechiflan para que permanezca arriba, inspeccionan al artefacto para cerciorarse de que no contenga algún explosivo y me dan la palabra. -Mexicanos en su totalidad, el día de hoy es preciso reflexionar no sólo acerca de nuestra muy ficticia emancipación, hoy es necesario reflexionar acerca desde el pueblo para el pueblo. Hoy nuestra nación vive presa de la pesadez de las condiciones imperantes, maquinas incesantes del compromiso y la necesidad. En nuestro país es necesario salir de ése estado individualizado y conjuntar los actos que nos lleven al bien común. Este maniquí el cual a estas alturas es famoso gracias a la mediación, es la fiel metáfora del México contemporáneo. Desde esta posición hago una invitación a la reflexión, es urgente caminar a un México que reflexione y desde esa posición exigir los cambios que nos guíen a un futuro con mayor esperanza, que se haga la música- (pulse play al video que se muestra abajo y siga leyendo) En ese momento Don Pepe, Berna y Justino, comenzaron a tocar una versión improvisada del Guapango de Moncayo, en un instante era la orquesta completa.El despertador sonó, me encuentro en la banqueta de Belisario Domínguez, a mi lado, mis viejos trastes de Ánfora, periódicos del día pasado. En el paisaje hay algo distinto, en el lote baldío de enfrente se encuentra en forma de monumento aquel maniquí que no regresó al aparador. Hoy es recordado como la metáfora del México que tiene que dejar de ser un observador. Berna y los chicos recorren el mundo tocando música mexicana invitados por diferentes organizaciones. Que yo siga en la calle es lo de menos, un nuevo día comienza, es quincena de libros con Doña Margarita, seguramente ella me tendrá en un texto, una nueva aventura.
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